19 enero, 2009

Cosas de famila

Aquel sábado por la noche llegué a casa, a esa casa en la que vivo oficialmente pero en la que solo estoy a veces, y puse la tele para que mi cabeza dejase de funcionar, como dicen que la televisión relaja la actividad cerebral...
Había estado con Tattva Hoops y sus peluqueros majísimos en el bar de una amiga suya donde nos habíamos inflado a cervezas; no tenían pintas de Harveys pero tenían dobles de Mahou, que aunque no es lo mismo, quitan la sed con dignidad. No sé muy bien qué estabámos haciendo allí si el plan era ir a barrio pero... el caso es que allí estábamos. Allí estábamos mientras yo esperaba con impaciencia y cierto recelo a ese chico tan majo, tan educado, que siempre ha sabido mantenerse en su sitio, con esa flema británica que le caracteriza. El mismo que en los tiempos de las comidas familiares de los domingos venía siempre con su madre y traía una tarta de Embassy que volvía loca a la pija de mi hermana. Toda la familia se deshacía en atenciones con ellos, supongo que por aquello de la familia recuperada o algo así, y yo solo recuerdo las resacas con las que me enfrentaba a esa parafernalia dominguera. Resaca cuando había suerte porque otras veces recuerdo haber estado sentada en la mesa still a bit high y dicendo bobadas que solo me hacían gracia a mí.
He aquí el novio perfecto, pensé como he pensado siempre, el yerno que toda madre quiere para su hija, Mr. Right, el Mark D´arcy de cualquier Bridget Jones: inteligente, con buena planta, educadísimo, galante, interesante, sensato, hombre de mundo, cosmopolita, emprendedor, culto, leído y viajado... Pero este chico de flema británica que nunca pierde la compostura estaba a punto de perderla entre cervezas, amigos locazas, Depredadoras Sin Fronteras (Tattva Hoops y servidora), historias de Brighton y rocknroll, el encaje de la boda rockera, que no sé como apareció allí, los pezones perforados de Hoops...
Pero no llegó a perderla del todo, lo dejó para otro día, y Tattva Hoops y yo volvimos a casa, ella con un chichón en la cabeza y yo pensando que por mucho que mi primo parezca Mr. Right, a mí no me conviene nada de nada. Cuando puse la tele para pensar en otra cosa acababa de comenzar el asedio a Gaza. Y han sido más de mil doscientos palestinos muertos.

10 enero, 2009

Lo peor del invierno


Lo peor del invierno es llevar tantos inviernos seguidos, sin tregua. Los sabañones, los pies fríos, las noches de helada, el sol de enero, que no calienta nada...
Lo peor de este invierno es estar sentada frente al ordenador, facebook y msn permanentemente abiertos, esperando que pase. Que pase el invierno, que pase el tiempo, que acabe esta vida en stand by que no es ni vida ni nada, que PASE ALGO.

Lo peor de este invierno es que no hay tazas de té ni olas ni maletas.

Lo peor de este invierno es que alguien te diga al otro lado del teléfono que en Los Ángeles están a veinte grados mientras aquí está a punto de caer la nevada del siglo. No poder ni siquiera concebir las mangas de camisa y las palmeras. Y no querer ni imaginarlo.
No tener ningún acogedor y cálido pub de madera donde refugiarse de tanta nieve y tanto aburrimiento, para beber Harveys e imaginar qué les estará pasando a esas mangas de camisa junto a las palmeras.
Saber que quedan muchas nevadas y noches que no son azules sino negras, en bares que no son de madera y donde no suena Jeff Buckley.
Intentar no perder la calma cada día...
Lo peor de este invierno es no saber cuando se va a terminar.