
Fui a Brighton y volví.
Claro que quería quedarme.
Y ojalá no hubiese vuelto.
Llegué un miércoles por la noche y en lugar de esperar a T. Hoops en la estación, salí corriendo a la calle para respirar la humedad, sentir ese calabobos que me encrespa el pelo, comprobar que el Grand Central seguía allí y sobre todo, para mirar el reloj de la estación, que por un momento creí producto de mi imaginación. Pero no, allí estaba, negro y sonriente, nada que ver con la imagen lúgubre que me devolvió al mirarlo Aquella Noche Terrible.
Entonces seguí bajando la calle, encontré a T. Hoops y me metió en el Fontain Head,
solo nos da tiempo a una así que... nos dio tiempo a un millón, porque salimos como a las cuatro de la mañana: a mí me entraba la Harveys como agua y su jefe,
el militar poeta, nos rellenaba los vasos con un placer completamente imposible de encontrar fuera de ese país. El olor a madera húmeda y cerveza me devolvió a casa.
El siguiente día fue el de la resaca y los encuentros: LaFugi, Mi amigo el iluminado de los cafés peligrosos, las calles, los sonidos... y de lo de después no tengo sino recuerdos emocinantes que se confunden con las antiguas rutinas.
El café del viernes desembocó en un sábado por la tarde, todo envuelto en palabras, conversaciones, teorías, encuentros y desencuentros: la vida misma, la vida de verdad, cuando cada palabra se lleva dentro el corazón.
(Ya estoy haciendo lo que no quería... hablar en este tono.)
Lo que empezó con el café de rigor con mi amigo el Iluminado (es que es muy listo, de verdad, y transmite mucha luz... 140 watios), siguió con Los Chachos y mi Harveys en el Fitzherbert, uno de mis primeros pub en Brighton y el último en el que estuve Aquella Noche; después nos fuimos al Prince Albert, el que fue de verdad el primer pub que pisamos al llegar hace cuatro años, siguiendo al Indeseable, más indeseable que nunca, mientras dábamos vueltas a otra teoría lingüística. Ya debía andar algo confusa cuando le supliqué al Iluminado que me diese
un voto de confianza porfiiii, que de verdad que no quiero nada con el Indesable. Si con ese lío de sufijo y prefijo no hay quien le entienda.

No sé si me creyó, más bien no,`pero a casa del Indeseable que nos fuimos para seguir el rollo de siempre, youtube, guitarras, cervezas, cositas que alegran, el Iluminado y el Indeseable discutiendo como si estuvieran en el jardín de infancia, el Chacho rompiendo las cuerdas de la guitarra,
LaFugi y yo poniendo a los
Niños y a nuestra bola... y así pasaron las horas, la gente se fue y yo me quedé para descubrir que el Indeseable es un tío listo al que bien podría redimir de ese apelativo. Por ser noventayochista, tan de Unamuno, por ese me duele España, por Sthendal, por las historias tan bonitas que me contó, por Salinas, por San Juan... por las Misiones Pedagógicas ¡y por Anguita! Al final demostró que es mucho menos pedante de lo que se propone ser, así que queda redimido. Brighton entero queda redimido del desencanto, del mal tiempo y de todas las veces que le culpé de quererme ir. Una embriguez catárquica la de ese día. Porque se nos hizo de día y de noche otra vez.
El domingo trajo el Ultimo Concierto. Normalmente no sabemos cuando va a ser la última vez que hacemos algo. Por ejemplo, nunca sabemos cuando estamos escuchando una canción por última vez. Pues ese día sí lo supimos y da una sensación de extrañeza, de querer retener entre los dedos la arena de un reloj, un olor, una música.
Sin embargo, supe que otras muchas cosas no iban a ser las últimas. Tuve esa sensación todos los días, pero el último, que me lo pasé metida en el Fontain Head, lo supe. Mientras veía como la calle se teñía de azul, porque en Brighton los anocheceres son muy azules, y escuchaba con Tattva Hoops, Marta y su hija a Jeff Buckley, supe que iba a volver. LaFugi también lo sabe y probablemente todos los que me conocen. Porque hasta los caminos equivocados tienen salidas de emergencia.
Eso sí, se me olvidó mirar el mar...